Tengo el ruido medido. ¿Y ahora qué protector compro?
Por qué el valor en decibeles no alcanza para elegir un protector auditivo, y qué información hace falta para no elegir a ojo
Antes de empezar, nota al lector
Esta nota está dirigida tanto a profesionales de la seguridad e higiene laboral —en especial a quienes recién se inician en mediciones de ruido— como a empleadores y responsables de establecimientos que quieran entender por qué comprar protectores auditivos no resuelve, por sí solo, un problema de ruido.
Es continuación de la nota anterior, que abordó los requisitos técnicos del instrumento de medición bajo la Resolución SRT 85/12. Aquella respondía con qué se mide; esta responde para qué sirve lo que se mide cuando llega el momento de proteger al trabajador.
La escena de siempre

Se repite en cualquier taller, planta o sector productivo con máquinas. El profesional mide, mira el informe y dice: «acá el ruido está por encima del límite». El empleador, que quiere hacer las cosas bien, contesta lo lógico: «bueno, ¿qué protector compro?». Y aparecen dos cajas sobre el mostrador. ¿Por qué una sí y la otra no? Si la única respuesta es «llevá cualquiera, total las dos atenúan», algo se saltó en el medio.
El número global es solo la mitad del trabajo
Una medición de ruido entrega, antes que nada, un valor en decibeles: cuánto ruido hay. Ese número sirve para algo muy concreto: compararlo contra el límite legal. En Argentina ese límite es de 85 dB(A) para una jornada de 8 horas, con un factor de canje de 3 dB (Anexo V de la Res. MTEySS 295/03). Si lo superás, hay que actuar.
Y acá te concedo algo de entrada: ese número global te lo puede tirar casi cualquier aparato, incluso uno barato o una app del teléfono. Supongamos que hasta coincide con el del equipo que cumple la norma. El problema no empieza en el número. Empieza en la pregunta que viene después.
El protector es la última medida… y, a la vez, la más urgente
Cuando la medición da por encima del límite, lo primero que indican los manuales técnicos —y la propia lógica preventiva— no es comprar protectores. Es bajar el ruido en la fuente: cambiar o mantener la máquina ruidosa, aislarla, encerrarla, reorganizar las tareas. El protector auditivo es el último escalón de esa lista, el que entra en juego cuando todavía no hay otra alternativa técnica que reduzca el ruido.
Pero hay una tensión real que conviene nombrar. Reducir el ruido en la fuente lleva tiempo: requiere plata, proyecto, a veces obra. Y el límite de 85 dB(A) no es un número caprichoso: es el nivel por encima del cual ya no puede garantizarse que la exposición repetida no dañe la audición. Esperar a tener resuelta la fuente para recién ahí proteger sería dejar al trabajador expuesto justamente en el período en que sabemos que se le está haciendo daño.
Por eso el protector cumple un doble papel: es el último recurso en la jerarquía, pero el primero en el tiempo. Es el paraguas que protege hoy mientras se trabaja en la solución de fondo. Que alguien diga «lo que hay que hacer es bajar el ruido» es correcto —y no exime de entregar protección ya, con el equipo que corresponde. Sin sobredimensionar.
Para elegir el protector, hace falta saber dónde está el ruido
El ruido no es una sola cosa. Es una mezcla de frecuencias —graves, medios y agudos— sonando todas juntas. Dos ruidos pueden marcar el mismo valor en decibeles y ser completamente distintos por dentro: uno cargado de graves, otro de agudos.
Y este es el punto que cambia todo: los protectores auditivos no atenúan igual en todas las frecuencias. Casi todos frenan muy bien los agudos y bastante mal los graves. Cada protector tiene su «forma»: una curva que dice cuánto baja en cada banda de frecuencia.
Entonces, para elegir bien, hay que cruzar dos formas: la del ruido (en qué frecuencias está cargado) y la del protector (en qué frecuencias atenúa). Si no coinciden donde importa, el protector deja pasar justo lo que tenías que frenar. Esa información —la del ruido repartido por frecuencias— se llama análisis por bandas de octava. Y es la que un equipo orientador no puede darte.
«Orientador» no significa «menos preciso»: significa que le falta una capacidad entera
Acá conviene ser claro, porque se confunde seguido. Un equipo barato no es que mide las bandas con menos exactitud. No las mide. No las tiene adentro. Por más que lo desarmes, esa función no existe en él. Te entrega el techo —«hay ruido, y es mucho»— y ahí se termina.
Esa es la diferencia de fondo con un equipo que cumple los requisitos de la normativa (Res. SRT 85/12) y con un profesional habilitado para usarlo: no te da «un número mejor», te da una dimensión más, la que permite decidir qué protector y por qué.
Elegir a ojo falla para los dos lados
Sin el análisis por bandas, la entrega de protectores se hace por aproximación: se le resta al nivel medido el número que trae la caja. Y esa cuenta engaña.
Un ejemplo simple. El ruido marca 100 dB(A). El protector dice que «reduce 25». La cuenta intuitiva da 75: parecería que el trabajador queda cómodo, por debajo del límite. Pero cuando el cálculo se hace en serio, banda por banda, ese mismo caso puede dar 98 dB(A) reales en el oído. El trabajador que en el papel figura «protegido» sigue, en los hechos, casi tan expuesto como al principio.
El error tiene dos caras:
- No sabés cuánto atenuar: te falta el techo real bajo el protector.
- No sabés dónde atenuar: te falta la forma del ruido.
Y ojo, que esto se equivoca en las dos direcciones. Sub-proteger deja intacto el riesgo de hipoacusia. Pero sobre-proteger también es un problema: un protector que aísla de más hace que el trabajador no escuche alarmas ni a sus compañeros, se lo saca para poder trabajar… y vuelve a quedar expuesto. La protección correcta no es «la que más tapa»: es la que baja el ruido a un nivel seguro sin dejar a la persona aislada. Más grande no es más seguro.

El protector correcto es el que corresponde al ruido del puesto: ni de menos, que deja pasar el daño, ni de más.
No es opinión: la propia norma ordena los métodos por exactitud
Esto no es un criterio personal. La norma técnica que se usa en Argentina para calcular cuánto ruido entra realmente al oído con el protector puesto (IRAM 4060-2) presenta los métodos de cálculo en orden de exactitud decreciente. Arriba de todo, el más preciso: el método por bandas de octava. Abajo, el menos preciso: el de número único, el famoso NRR o SNR que viene impreso en la caja. Elegir solo con ese número es, literalmente, usar el método que la propia norma deja en último lugar.
La medición no termina en el archivo
Hay una parte que se ve recién con el tiempo. Una medición de ruido se guarda como respaldo, y junto con ella queda asentada la protección que se recomendó. Pero el respaldo solo respalda si la decisión fue técnica.
Si dentro de unos años aparece un reclamo —un trabajador con pérdida auditiva— ese expediente va a ir a buscar qué se midió y qué se hizo con esa medición. Un protector elegido a ojo, sin el análisis de frecuencias que justifique por qué ese y no otro, es tan cuestionable como una medición hecha con un instrumento que no cumple. Lo que parecía resuelto «porque se entregaron protectores» puede mostrar, justo cuando más lo necesitás, que la protección nunca fue la adecuada.
En resumen
Medir el ruido y comprar protectores parecen el principio y el final del mismo trámite. No lo son. Entre una cosa y la otra está el trabajo que decide si esos protectores sirven o solo dan la sensación de que el problema está resuelto. Esa parte —saber dónde está el ruido y cruzarlo con lo que cada protector realmente hace— es la que no se compra en una caja.
Cómo seguir desde acá
Según el rol del lector, algunos caminos posibles:
- Si sos profesional H&S y querés que la elección del protector deje de ser una aproximación: sumá al protocolo el análisis por bandas de octava sobre los puestos que superan el límite, y elegí el protector con el método por bandas, no con el número único de la caja.
- Si sos empleador o responsable de un establecimiento y ya entregás protectores: preguntá con qué criterio se eligieron. Si la respuesta es el número de la caja restado al nivel medido, conviene revisar esa elección antes de darla por buena.
- Para situaciones específicas —puestos con ruido de baja frecuencia, maquinaria nueva, dudas sobre protectores ya comprados— la consulta corresponde con profesional matriculado en H&S.
Referencias
Normativa nacional
- Resolución SRT 85/2012: Protocolo para la medición del nivel de ruido en el ambiente laboral. Superintendencia de Riesgos del Trabajo.
- Resolución MTEySS 295/2003, Anexo V: valores límite de exposición a ruido (85 dB(A) para 8 horas, factor de canje de 3 dB; nivel pico permisible de 140 dB(C)).
- Ley 19.587: Higiene y Seguridad en el Trabajo.
- Ley 24.557: Riesgos del Trabajo.
Normativa técnica nacional (IRAM)
- IRAM 4060-2: Acústica. Protectores auditivos. Estimación de los niveles de presión acústica efectivos ponderados «A» cuando se utilizan protectores auditivos (equivalente a ISO 4869-2).
- IRAM 4081: Filtros de banda de octava, de semioctava y de tercios de octava empleados en el análisis de ruidos y de vibraciones.
Normativa técnica internacional
IEC 61672-1: Electroacoustics. Sound level meters. Part 1: Specifications.
ISO 4869-2: Acoustics — Hearing protectors — Part 2: Estimation of effective A-weighted sound pressure levels when hearing protectors are worn.
CÓMO CITAR ESTA NOTA
Hansen, E. (2026). Tengo el ruido medido. ¿Y ahora qué protector compro?. Tres Llaves — Seguridad, Higiene y Control Ambiental Laboral. https://tresllaves.com.ar/que-protector-auditivo-comprar/
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